Durante las caminatas nocturnas nos volvíamos exploradores. A veces nos escondíamos de los demás peatones (aunque eso era muy al principio!). También discutíamos sobre diferencias 'culturales' varias. Siempre encontrábamos a los deportistas que hacen jogging por las noches (los dos me confirmaron que sus entrenamientos de madrugada sólo pueden realizarse en la isla). Alguna vez nos preocupamos al ver a un ciclista enfadado que iba maldiciendo en voz alta (y cada noche, escuchábamos por lo menos un grito, ya sea de angustia o júbilo). Así descubrimos a los chicos que jugaban con burbujas de jabón en un parque escondido entre la zona residencial. Una noche decidimos adelantar el hanabi, improvisando nuestra propia noche de fuegos artificiales. No tuvimos demasiado éxito porque había viento, pero las pequeñas chispitas alegraron nuestra vista. Otras veces explorábamos la tiendita vintage con horario extraño, rastreando tesoros y disfraces infalibles. Una vez llegamos hasta la orilla del lago, y alguna noche subimos hasta el 15vo piso del edificio más alto en el perímetro. Y siempre siempre siempre, después de caminar podía dormir satisfecha y feliz.
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